Elena Brocal Capó (Palma, 1976).
A los cincuenta años, cuando muchos creen que los caminos importantes ya han sido elegidos, Elena ha sentido el valor de escuchar una voz que llevaba toda la vida acompañándola. No apareció de repente, había estado allí desde muy joven, en la fascinación silenciosa por los colores de los atardeceres, en la manera en que observaba la luz sobre los objetos cotidianos como si cada escena escondiera un significado secreto.
Ya intuía que la pintura era un lenguaje capaz de decir aquello que las palabras no alcanzaban. Sin embargo, la vida fue ocupando el espacio de los sueños. Llegaron las responsabilidades, el trabajo, la familia, los horarios y las renuncias discretas que casi nunca se nombran. Durante años, el arte quedó guardado en un rincón íntimo de sí misma, como una semilla esperando el momento adecuado para abrirse.
Ahora, Elena ha decidido empezar. No porque aspire a convertirse en una gran maestra ni porque busque reconocimiento, sino porque ha comprendido que pintar es una forma de regresar a sí misma. Frente al lienzo en blanco no siente vergüenza por llegar tarde, sino emoción por haber llegado al fin.
Cada pincelada contiene memoria, paciencia, pérdidas, esperanza y una mirada madura sobre el mundo. Su mano es nueva en la pintura, pero sus ojos llevan décadas aprendiendo a mirar. Y quizá ahí resida la verdadera fuerza de su obra: en la honestidad de quien no pinta para demostrar nada, sino para descubrirse.
Ella sabe que empieza desde cero, pero también sabe que hay comienzos que solo pueden suceder cuando una persona ha vivido lo suficiente para entender qué necesita expresar. Porque el arte no siempre llama para ser escuchado de inmediato. A veces espera, silenciosamente, hasta que uno está preparado para responder.

























